Donde Cristo habita, la Ley se Convierte en Amor
Ecl 15:15-20; 1 Cor 2:6-10; Mt 5:17-37 (A 6)
Dios vio todo lo que había hecho, y fue muy bueno. Aleluya.
Mateo continúa
el Sermón de la Montaña con una instrucción de tres partes por Jesús sobre el
camino de la Vida en el Reino del Cielo. La lectura de hoy presenta tres
martes. La primera parte trata de la Torá. Parte dos trata con adoración y
prácticas religiosas y contiene la Oración del Señor. Parte tres trata con la
confianza en Dios y obras de servicio amoroso al prójimo. Jesús dice palabras
que chocan en el corazón del discipulado cristiano: “Yo no he venido a abolir
la Ley, sino a cumplirla” (Mt 5:17). Él nos afirma que los mandamientos de Dios
no son cancelados por Cristo, pero son cumplidos en Él.
Jesús manda no
matar, no cometer adulterio, no jurar falsamente. Él va debajo de la acción a
la intención. Él dice que la ira insulta y el desprecio hiere la vida. Miradas
lujuriosas traicionan la alianza de amor. Palabras y juramentos descuidados
fracturan la verdad. Jesús no está haciendo la vida más dura. Él está revelando
la verdad. El pecado comienza en el corazón antes de que aparezca en el comportamiento.
Jesús no prohíbe
la ira en cada forma, pero lleva al desprecio y destrucción de comunión. Él
llama a sus discípulos a un estándar más alto, no porque ellos son fuertes,
sino porque están llamados a ser santos. Jesús toma bien conocidos los
mandamientos y nos lleva más profundo. Él nos muestra que el pecado no comienza
en la mano, sino en el corazón; no en el
acto, sino en la intención. San Juan Crisóstomo explica que Cristo “dirige el
mandamiento más allá de la carta y trae ésta al alma misma”. De la misma
manera, el asesinato comienza con la ira; adulterio comienza con una mirada que
reduce al otro a un objeto; falsedad comienza con un corazón dividido.
Esta enseñanza
exigente es una sanación. Jesús no está acusando. Él está diagnosticando el
corazón humano. Reconciliaciòn se convierte en una obligaciòn moral. Antes del
culto y oración, el discípulo debe buscar paz. Esto es una exigencia ética
incluso hoy, en un mundo marcado por el resentimiento, división y conflicto
irresoluto. En asuntos de pureza, Jesús desafía una cultura que objetiza la
persona humana. La Iglesia, siguiendo este Evangelio, enseña que la castidad no
es represión sino reverencia por la dignidad del otro. Donde Cristo habita, la
ley se convierte en amor, y el amor se convierte en libertad.Cuando venimos al
altar, pidamos por corazones purificadores, relaciones sanadas, y marcadas por
la verdad. Luego la ley no se parará sobre nosotros, sino vivir dentro de
nosotros.
Este Evangelio
nos invita a examinar nuestro mundo interior.
Jesús no nos está condenando; Él nos está llamando más profundamente. Él
desea corazones que son indivisibles, sanados y libres. Cuando recibimos la Eucaristía,
recibimos a Aquel quien vivió este Evangelio completamente. Que Él remodele nuestros corazones, purifique
nuestras intenciones, y haga nuestras vidas un testimonio vivo para el Reino de
Dios.
“Por
lo que no pudiste tomar en un momento por tu debilidad, tú serás capaz de
agarrarte a otro si tú solo perseveras”.
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